domingo, 13 de julio de 2008

El místico perfume

Me vine a la ciudad de Málaga a los cinco años. En el bloque del barrio éramos famosos porque éramos muchos hermanos. Mi padre había levantado una especie de cenáculo en el salón y allí nos reuníamos de noche a rezar el rosario y los siete hermanos nos traíamos allí a rezar a todos los amigos del barrio, que se quedaban un poco a cuadros viendo aquel altarcito en la oscuridad y alumbrado con velas.
Durante esos rosarios, cuando mi padre desgranaba la letanía, yo estaba ya un poco cansado de rezar tanto, así que me fui al cuarto de baño (aclaro que tendría entonces unos seis o siete años) y comencé a echarme todos los potingues de mi madre que me encontré por allí y, una vez embadurnado, intenté quitármelos como pude y regresé como si nada al cenáculo. Estaba yo de rodillas junto a mi padre, aún me acuerdo, y entonces mi padre sintió un perfume especial que inundaba el salón, una bendición mariana que en forma de suave olor descendía sobre su familia y, moviendo la cabeza de un lugar a otro le pareció que era yo quien trasminaba. Yo entonces ya tenía fama de bueno en la familia, no sé por qué, y no quise defraudarlo diciéndole que me había echado todas las colonias del baño y entonces mi padre me colmó de besos y de abrazos y auguró un gran destino espiritual para mí.
Sólo muchos años más tarde, cuando mi padre se estaba muriendo, se lo confesé todo y él me abrazó y se echó a reír y lo que yo creí que había sido siempre una sugestión del carácter milagrero de mi padre se convirtió por obra y gracia de su abrazo en una muestra del profundo amor que me tenía.

2 comentarios:

José María JURADO dijo...

Podrías añadir, que en el momento del abrazo, el místico perfume - misterioso- ocupó la habitación o la estancia de tu padre.

www.jmjurado.org

Jesús Cotta Lobato dijo...

No lo he dicho, pero, en cierto sentido, fue así como dices. Un abrazo