lunes, 20 de noviembre de 2017

Defectos de verdad

Aquí en el blog es muy fácil maquillarse, mostrar de uno no la imagen real, sino la que él quiere proyectar. Como yo tengo una etiqueta muy surtida de confesiones, me siento un poco obligado a decir que, si no hablo aquí de mis defectos reales, es porque aquí me propongo hablar de cosas bonitas y no de las feas, sean mías o del mundo.  Y cuando digo defectos, no me refiero a esos defectos que la gente, para dárselas de sincero, confiesa y que son más bien virtudes. Que si soy tímido, que si voy con la verdad por delante, que si soy ingenuo, que si voy con el corazón en la mano y claaaaro, se aprovechan de mí... No, me refiero a defectos feos, esos que nadie confiesa porque a veces no es ni consciente de que los tiene. Y no los pienso decir porque me dan muchíiiiiiiisima vergüenza.

Si alguien tiene el defecto de ser rencoroso, susceptible, envidioso, quemasangre, destripagustos, cruel, cobarde, siempre lo acaba disfrazando de ambición, de "perdono, pero no olvido", sutil, nada iluso, reacio al sentimentalismo... De los defectos míos que he descubierto soy bastante consciente y me moriré con ellos. Son mi parte de penitencia en esta vida.

martes, 14 de noviembre de 2017

El fariseo y el publicano

El publicano, en el templo, no osaba alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho porque era un pecador. En el mismo templo, un fariseo daba gracias al cielo porque él era puro y no como ese publicano.

Dentro de mí hay un fariseo y un publicano. El fariseo ve un mendigo sucio por la calle y se aparta diciendo qué asco, menos mal que no soy como ese. El fariseo se cree que sus hijos son los mejores del mundo, porque, si no lo fueran, no podría quererlos. El fariseo necesita la soberbia para ser bueno, pero sólo consigue ser un fatuo de mil pares de narices al que hay que humillar a cada tanto para que no se suba a la parra.

Me cae mucho más simpático el publicano, que no se aparta del mendigo porque él es también un mendigo; y ama a sus hijos sabiendo que no son precisamente los mejores del mundo: precisamente por eso los quiere, para suplir con su amor lo que la naturaleza o la suerte no les ha dado.

El fariseo se mira al espejo y se gusta, aunque tenga un grano muy feo en la punta de la nariz. Eso sí, ¡menudo ojo tiene para encontrarle granos a la gente!

Qué asco me da a mí ese fariseo y qué dentro lo tengo. Cuando el fariseo se crece, le recuerdo ciertos episodios bochornosos de mi vida que él se empeña en olvidar y en justificar, porque todo lo que él hace tiene que ser bueno y santo.

Me gustaría mandarlo a la porra, pero me temo que sólo morirá cuando yo me muera.

Es su táctica tan refinada, que cuando veo que alguien se comporta como un fariseo me hace decir: "¡Menos mal que no soy como ese fariseo"!. Y así me hace suyo el puñetero.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Parece un chiste, pero es verdad

Fragmentos de conversaciones reales.

ELLA: Este verano me quiero ir a la India a encontrarme conmigo misma.
AMIGA: Para encontrarte contigo es más barato irte a una playa solitaria o a un monasterio, que acogen gente que se busca. Pero si lo que quieres es gastarte dinero, vete a Brasil a encontrarte con un brazileiro.

ÉL: Pero ¿cómo puedes defender tú el régimen cubano si allí los homosexuales están perseguidos?
AMIGO: ¡Es que con los pedazos de negras que hay allí ser homosexual es un delito!

ELLA: Yo es que soy daltónica.
AMIGA: ¿Qué colores no distingues?
ELLA: Ah, no, perdón. Quería decir que soy disléxica.

PROFESOR: Esto que subrayo es un acusativo de extensión, y es un complemento circunstancial de tiempo.
ALUMNO: Profe, ¿se llama de extensión porque es muy largo?

MUJER 1: ¿Me compras una papeleta para el viaje de fin de curso de mi hijo?
MUJER 2: Sí, si me das el equivalente para mi perro.
MUJER 1: ¿Tu perro también se va de viaje de fin de curso?
MUJER 2: No, pero está muy malito.

martes, 7 de noviembre de 2017

Tener o ver un sueño

Por una gimnasia mal hecha y en frío, me tiene postrado el lumbago. Los sueños de anoche son traducción de ese dolor, como cuando soñé que tenía una piedra en la cara y era mi brazo dormido.

Primero soñé que, tras volver a mi ciudad como un extraño, dormía en una casa deshabitada que no era mía, siempre con miedo de que entrase el dueño y preguntándome cuánta gente había dormido en aquella cama y desde cuándo no cambiaban las sábanas.

Luego me vi sentado a la intemperie en el alféizar de una ventana de hospital en la quinta o sexta planta y tan estrecho, que me he pasado toda la noche a punto de caerme. En la ventana de al lado, una mujer que estaba en mi misma situación saltó al suelo y no le pasó nada; y su hija, que seguía en la ventana, me explicó que su madre ya había saltado de un piso más alto alguna vez y estaba inmunizada. Ni aun así caí en la cuenta de que aquello era un sueño.

Los sueños son tan reales, que a veces los he confundido con mis recuerdos. Otras veces no los he distinguido de la realidad. Un día, por ejemplo, soñé que mis padres habían comprado una estupenda tarta de chocolate y, nada más despertar, fui a la nevera a verla. Y no estaba.

Con razón los griegos no decían "he tenido un sueño", sino "he visto un sueño". ¡Qué bien recoge ese verbo, ver, esa tremenda sensación de que no es mi subconsciente el que está montando toda esa estupenda tramoya onírica, sino que mi alma, trasladada por sus alas divinas a regiones más altas, asiste a maravillas que luego, al despertar, resultan casi siempre incomprensibles para la razón en este mundo sublunar!

lunes, 6 de noviembre de 2017

Tirarme por la ventana

Yo experimenté en toda su crueldad el dolor físico en una larga noche de hospital, tras el atropello de un coche que me partió la pierna.

Me iban a operar a la mañana siguiente y me tuvieron toda la noche sin darme un maldito calmante, porque, según me dijeron, no podían.

El dolor era tan insoportable que yo me arrancaba pelos del pecho y de las piernas, para sentir un dolor distinto, para que la mente tuviera otra cosa en que pensar. La ventana estaba abierta y yo tenía que lidiar con la idea obsesiva de tirarme por ella. Y mi madre y mi hermana, que velaban las pobres por mí, no sabían cómo calmarme. Hoy sus lágrimas de entonces me parten el corazón.

Si me hubieran dicho en ese momento si quería la inyección letal, yo habría dicho: ¡¡¡¡SÍÍÍ!!!"

Por eso, siempre estaré eternamente agradecido a la medicina paliativa, que no pretende curar, sino aliviar el sufrimiento. Cuanto más invierta el Estado en ella, menos sentido tendrán las voces que piden la muerte para los incurables.