miércoles, 18 de octubre de 2017

Otra parida de la paridad

Pues he aquí que en cierto organismo de cierta universidad española la Ley de la Paridad obliga a que se presenten el mismo número de candidatos que de candidatas para elegir representantes (¿de quién, oh dioses, procede la peregrina idea de que es esencial para el representado el sexo de su representante?).

Pues bien, he aquí que en este organismo hay muchas más mujeres que hombres, hasta el punto de que, para cumplir con la ley, hubo que poner entre las candidatas a un candidato forzoso, cuya campaña electoral consistió lógicamente en decir "No me votéis. Tener falo y gónadas no es garantía de nada".

Así que la Ley de Paridad se ha cargado el concepto mismo de democracia, que consiste precisamente en que se presente a representante quien quiera y en que el representado vote a quien quiera. El color de la piel, la entrepierna, la edad, la religión, etc ni pincha ni corta en este derecho a votar y ser votado que la Ley de Paridad está conculcando.

viernes, 13 de octubre de 2017

La parida de la paridad

Veo un cartel publicitario de Lidl, que merece todos mis respetos,  pregonando lo fresca y natural que es la fruta que venden. Para ello salen en el cartel cuatro personas. ¿Y a que no adivináis de qué sexos son? Dos hombres y dos mujeres, con sus supuestos nombres y todos agricultores.

Dudo que, realmente, en el campo español trabajen tantos hombres como mujeres, pero, si es así, ¿por qué va a ser ese campo más deseable que otro en que trabajen más hombres que mujeres?

He buscado el cartel en la Red, pero solo encuentro una foto de mala calidad en la que salen seis personas, cuatro hombres y dos mujeres. Pero los que he visto en la calle son solo de cuatro.

Lo curioso es que, mientras que los dos hombres sí podrían pasar por agricultores, por su piel curtida o su aspecto, las mujeres no parecen dos serranillas, sino más bien dos modelos disfrazadas de agrarias. Los dos hombres no son apuestos, pero ellas sí que son guapas. Ahí ya no hay tanta paridad.

Pero donde hay menos paridad es en el peso del producto que los cuatro llevan. Un hombre lleva una cajita de champiñones y el otro un racimo de plátanos, mientras que una mujer lleva, agárrate a la silla, un pedazo de canastón lleno de limones y la otra una gran caja de tomatess.

Pues eso, que, al final, la paridad lo que viene a traer son agravios, injusticias y, sobre todo, estupidez.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Desnudarse en un poema

En este archivo sonoro leo dos poemas de mi segundo libro de poesía, Menos la luna y yo. Los recoge un blog muy recomendable con archivos sonoros de poetas actuales de toda España. Dicen que Federico García Lorca declamaba maravillosamente. No es mi caso, pero por si alguien está interesado en oírme leer mis poemas, heme aquí.

Dichosos días aquellos en que se te abren los cielos y uno se convierte en profeta de la belleza escondida y la suelta en versículos de oro para hacer más bello el mundo. Para los que no hemos recibido del cielo la merced de la unión mística, el trance poético es la más sublime experiencia que, junto con la amorosa, puede alcanzar un simple mortal.

Siempre digo que la poesía es la única manera elegante de desnudarse. Es buena recomendación para aquellos a los que nos gusta la desnudez.

lunes, 9 de octubre de 2017

Cosas que se parecen a la muerte

Hoy he soñado que, en un largo pasillo, un soldado joven me tenía que disparar. No había odio en él. Puso el cañón del fusil en mi cabeza y yo notaba cómo dudaba si apretar el gatillo o no. Cerré los ojos en el sueño y entonces desaparecieron él y el pasillo, pero no el contacto del cañón en mi frente. Y yo me decía: "Si esto es un sueño, tendría que haberme despertado ya. ¿Por qué tarda tanto el soldado en dispararme". No sé cuántos segundos reales duró aquel tormento de la inminencia de la muerte. Lo que sí sé es que los segundos en los sueños transcurren de otra manera, y que el pensamiento es más obsesivo y cósmico y consistía en una pregunta angustiosa en la oscuridad: " Esta muerte no va a ser como yo imaginaba. Yo creía que la muerte iba a ser como ese momento en que el cerebro se duerme y se me cae el brazo o se me abre la boca y el pensamiento comienza a introducir elementos surrealistas. Y ahora resulta que va a ser otra cosa: voy a estallar como una supernova. Pero ¿dónde se irá mi información? ¿Desapareceré yo para siempre? ¿Sentiré cómo me vuelan los sesos? ¿Se seguirá moviendo mi cuerpo cuando ya esté descabezado?". Y entonces me desperté en el lugar más agradable del mundo.

Espero que, cuando me muera, despierte en un lugar aún mejor.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Converso, de David Arratibel

Siempre me han interesado mucho los conversos. Hay algo misterioso en sus vidas. De pronto viven un suceso inexplicable que se les graba para siempre y dejan de ser los mismos. Por eso he visto con tanto interés la película de Arratibel, Converso, que recomiendo encarecidamente, porque va directa contra el tabú absurdo y creciente según el cual de religión no se habla y mucho menos de lo que Dios significa para cada uno. En esa película los miembros de la familia del director hablan sin tapujos de algo tan íntimo y valioso como su conversión y su relación personal con Dios; y el director, que es hijo, hermano o cuñado de ellos, lo hace sin manipulaciones y con un amor grande y bello por todos ellos, aunque sin compartir esa creencia, lo que hace su amor aún más bello.

Una de las virtudes de la película es que, además de revelar el misterio de varias almas, reconcilia a la familia mediante el amor y la música.

En un momento emblemático de la película el director y su madre se sinceran. Ella lamenta lo violento que se ponía él cuando los oía hablar de Dios y él explica lo excluido que se sentía de ellos en esos momentos, cómo los veía inmersos en un grupo con unas reglas y dogmas que él no compartía ni entendía. Y entonces la madre le pide perdón y le dice: "Hemos actuado con soberbia".

Perdón si hablo de asuntos tan personales de una familia que no es mía. Lo hago porque el director me invita a ello, y lo hago con toda la simpatía hacia esa familia. Lo que quiero decir es que la madre desarma al hijo con esa petición de perdón. El hijo, si es listo y bueno, que parece serlo, debería preguntarse si no actuó él también con soberbia, es más, si el soberbio era él y no ellos, porque ellos no podían evitar hablar de Dios, que de pronto llenaba sus vidas, y él, en vez de hacer el esfuerzo de entenderlos como eran, reaccionó violentamente contra ese cambio. ¿Habría reaccionado del mismo modo si de pronto todos los miembros de su familia se hubieran vuelto forofos del yoga, el deporte o el alpinismo? Seguramente no, porque lo que en este mundo parece enfermizo o poco moderno o impropio no es el yoga, el deporte o el alpinismo, sino la religión y, más en concreto, la católica.

Me enternece la hermana menor cuando recibe como un chaparrón de agua fría los pensamientos de su hermano, bien intencionados, pero discordes con los de ella, que, no sé por qué, no replica, quizá porque quiere mucho a su hermano mayor o porque no sabe cómo responder o porque cree que es mejor no hacerlo. El caso es que su silencio es tan enternecedor, que, al menos esa es mi impresión, se vienen abajo todos los argumentos del hermano. Y creo que lo mejor es que el hermano lo sabe, lo cual lo honra.

Olé, pues, por el director que tiene la elegancia, la valentía y el arte de afrontar todo eso y llegarnos al corazón y a la cabeza.

Bravo, Arratibel.